9 abr. 2012

No es por lo que hicimos, sino por lo que vamos a hacer


Los repetidos ataques a la juventud que acompaña y se siente parte del proceso político que conduce la Presidenta, no son más que intentos de los grupos concentrados para condicionar el desarrollo y la profundización del Proyecto Nacional.

Por Juan Miguel Gómez

Cualquier militante juvenil, de cualquier agrupación, está en condiciones de argumentar y quitarle la máscara a los ataques de la corporación mediática de Magnetto, Mitre y sus operadores. Ríos de tinta, horas inacabables de radio y televisión, algún que otro libro de “chimentos” militantes se ponen al servicio de deslegitimar un cambio de época, en la que la Juventud – con mayúscula - es protagonista de la historia del Pueblo Argentino.

La juventud no es una virtud en sí misma, ni una garantía de pureza de ningún tipo. La rebeldía y la pasión que caracteriza a los sectores juveniles a lo largo de la historia, se vieron aplacados durante más de tres décadas, por una ola de liberalismo económico, desideologización y maximización del individuo, donde todo quedaba sujeto a una lógica mercantil y superficial  – previa desaparición física, tortura y muerte durante la última dictadura cívico militar; donde los jóvenes, tanto trabajadores como estudiantes, fueron el objeto del “aniquilamiento”-.

Alguna pared de la ciudad de Buenos Aires sentenciaba en un grafitti hace algunos años: “los jóvenes del ´70 querían cambiar el mundo….los del ´90 querían cambiar el auto”. Néstor y Cristina Kirchner nos devolvieron la política, nos devolvieron la posibilidad de elegir como generación que dirán las sabias paredes del Pueblo cuando hablen de nosotros en el futuro.

Los jóvenes que durante la segunda década infame no pensaban en cambiar el auto, ni en el `deme dos´, ni en trabajar en una multinacional, resistieron. Jóvenes que tenían una historia a cuestas, un pasado en algunos casos robado junto con su identidad, una vocación pasional de no quedarse de brazos cruzados mientras todo se derrumbaba; de organizar una olla popular, un movimiento de desocupados, un piquete, aportando quizá sin saberlo, a un contrarrelato a la historia que los reprimía y los mandaba a callar.

Formo parte de una generación posterior, de esa que no conoce otra forma de vida que la democrática; esa generación que durante sus primeros años en la escuela relacionaba inmediatamente a la política con algo malo, ajeno y sucio.

Aquellos jóvenes de los ´90 y nosotros, nos encontramos para escribir la historia con la pluma que nos dieron Néstor y Cristina. La decisión política de los Kirchner fue el combustible que volvió a encender la llama de la juventud.

A los mercenarios de las noticias, empleados de las corporaciones, no les interesa ningún argumento, ninguna respuesta les será suficiente. Se niegan a aceptar – a fuerza de disciplinamientos patronales- que una Argentina nueva apareció en 2003. Entonces mienten, acusan, difaman, atacan y agreden como si ellos tuvieran estatura moral para cuestionar a quienes por convicción – y con gran alegría – abandonaron los cortes de rutas y se arremangaron para transformar la Patria.

Esos profetas del odio, no entienden de pasión y amor militante, porque miden todos sus hechos en billetes y creen que todos funcionamos a fuerza de sueldos como ellos. Podrán acusarme de iluso, podrán decirme que me estoy dejando engañar. Asumo ese riesgo. Asumo el riesgo de equivocarme si es por el bien del Pueblo; asumo el riesgo de aceptar contradicciones porque sé que soy  -y somos- parte necesaria para revertirlas.

Una última reflexión les propongo a los periodistas del poder antes de que lluevan sobre nuestra juventud más agresiones y mentiras. Escriban todo lo que quieran, pondremos la otra mejilla –como nos enseñó Néstor Kirchner – pero dejen de preocuparse por lo que hicimos y de dónde venimos y empiecen a preocuparse por lo que vamos a hacer  y hacia donde queremos ir.
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