25 jul. 2010

“Ella siempre vuelve”


Evita es el alma del hecho maldito del país burgués. John William Cooke encontró en su célebre frase la esencia del peronismo y Eva Perón es la clave para entenderlo.
Juan Perón, durante el gobierno militar de 1943, hizo dos hechos revolucionarios. El primero fue establecer un diálogo con los trabajadores a través del movimiento obrero. El segundo fue juntarse con Evita.
¿Qué podían pensar sus camaradas de armas y los políticos liberales de un militar que hablaba con obreros anarquistas, “sindicalistas”, socialistas, comunistas; y encima trabajaba por lograr sus reivindicaciones? ¿Que podían opinar los otros militares y la moralina pacata de la clases acomodadas ante un Coronel que se fue a vivir -prácticamente desde el primer día que la conoció- con una actriz pobre y más de 20 años menor? La respuesta de todos los sectores de poder fue clara: la cárcel en Martín García, y luego en el Hospital Militar. Pero también la contraofensiva del Pueblo: el 17 de Octubre como partida de nacimiento del peronismo. Acaso fue esa pueblada de octubre el primer hecho del peronismo revolucionario. Mientras algunos dirigentes sindicales decretaban la huelga recién para el 18, y mientras muchos burócratas políticos (que después fueron funcionarios) iban a conversar con el general Ávalos, mandamás de Campo de Mayo y enemigo de Perón.
Rompiendo esquemas, Eva Duarte, no fue una figura decorativa -tal como acostumbraban serlo las primeras damas- del peronismo originario. Ella cumplió desde la Fundación una tarea central en relación a las necesidades más urgentes del Pueblo, esas que no pueden esperar. Al tiempo que la sociedad se iba integrando mediante el trabajo, la función de la Fundación era hacer realidad aquello de donde hay una necesidad nace un derecho. Ella era una entre los millones de descamisados. Y entregó su vida por ellos. Por eso, su nombre se inscribió a fuego en la memoria del Pueblo.
Sin cambiarle los artículos a las palabras ni un discurso feminista extremo, transformó el rol de la mujer en la política. No sólo asumiendo un papel protagónico vedado a las invisibilisadas mujeres, sino además, mediante la conquista del voto; la construcción primero de las delegadas censistas y luego del partido peronista femenino.
Una mujer capaz de despertar el mayor de los amores y el mayor de los odios. El amor de sus “grasitas”. El odio de la oligarquía, cuya mano se atrevió a escribir en una pared de Barrio Norte, mientras Ella agonizaba: “Viva el Cáncer.”
Evita, sufrió en su cuerpo el camino de nuestro Pueblo. Siendo niña fue víctima de la doble moral reconocida tiempo después por su padre. Pasó hambre como millones de argentinos en el país agroexportador. Fue marginada en la década infame, y como muchos cabecitas negras del interior, emprendió el viaje a la gran ciudad, en búsqueda de mejores horizontes. Cuando el pueblo llegó al poder de la mano de Perón, esa mujer fue el símbolo entre todos aquellos que, como ella, habían nacido en el barro y conquistaban su dignidad.
Evita murió en 1952, aproximadamente en el pináculo alcanzado por el primer peronismo en cuanto a la distribución de la riqueza, el 50 y 50. ¿Qué hubiera pasado con ella viva? ¿Qué hubiera pasado si llegaban al destinatario las 5000 pistolas belgas? Pero la única verdad es la realidad. Y Evita siguió pagando con su cuerpo el camino del pueblo argentino. Cuando la revolución fusiladora ensangrentó nuestro suelo, Ella, su cuerpo embalsamado, fue secuestrado, torturado, desaparecido.
Evita volvió como bandera en la militancia de los ’70. Otra vez, ella íntimamente relacionada con el peronismo revolucionario, que no transige, que no entra en las operaciones del enemigo. Esa misma generación pagó con su propio pellejo la osadía de querer construir una patria liberada, siguiendo el camino que había preanunciado Evita. ¿Cuántas atrocidades estaban dispuestas a hacer las dictaduras genocidas para defender los privilegios de la Oligarquía y el Imperialismo?
Evita es como la ola en el mar, parece que se va pero siempre está volviendo. Así fue durante la resistencia al neoliberalismo en los ’90. Refugiada como cuadrito o estampita en miles de ranchos, fue testigo de la desocupación y la tristeza que nos sumió la traición y las relaciones carnales. Evita se hizo corte de ruta y goma quemada, pero sobre todo acompañó el exilio interno de un Pueblo que parecía derrotado y que reapareció gritando un 20 de diciembre: ¡Basta de liberalismo!
Cuando Kirchner decidió que no iba a dejar las banderas en la puerta de la Rosada, es seguro que una de esas banderas tenía el rostro de Eva.
Evita hoy vuelve a florecer con los humildes, con los nuevos descamisados, en la medida en que somos capaces de reconquistar el Estado para ponerlo al servicio de la construcción del poder popular que vamos consolidando un proyecto nacional, en su profundización, pero sobre todo, en la medida que en cada barrio aparece otra vez su imagen expresando la esperanza de un pueblo que jamás se ha acostumbrado a vivir de rodillas.

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